Cuando ya todo el sistema solar habia sido colonizado, se quiso atravesar ¡a última trontera (la órbita de Plutón), en busca de otras estrellas. El problema era la velocidad, y por consecuencia, el tiempo. Las expediciones tenían que ser planificadas para ser resueltas en vañas generaciones. Los viajes podrian durar siglos, y la información la traeñan unas personas que explicarian lo que sus abuelos hablan visto.
Elliot Jagger, eminente científico de la época, solucionó el problema con su tratado "Conversión y Aceleración de la Materia", en el que demostraba la manera de viajar por encima de la velocidad de la luz, limite absoluto hasta entonces, de cualquier cosa con un mínimo de masa. Convertía los protones, electrones y neutrones (partículas condenadas a moverse por debajo de la velocidad de la luz) en fotones (particulas condenadas a moverse siempre a la velocidad exacta de la luz), y estos en taquiones (particulas condenadas a moverse por encima de la velocidad de la luz), sin romper las estructuras moleculares, ni dañar el delicado fenómeno llamado vida.
A partir de ahí, empezaron a fabricarse máquinas que se podian desplazar a velocidades casi sin mito, las llenaron de gente, y las mandaron en busca de nuevos mundos.
1.
Se encontraban más allá del centro de la galaxia, a bordo de la nave espacial Highlife. Habían salido de La Tierra hacia unas seis semanas. Su misión era científica, de observación, de encontrar cosas, y si vallan la pena traérselas. Estaban frenando a tres mii millones de kilómetros de una estrella de clase G que poseía siete planetas, uno de los cuales tenia unas características similares a las de La Tierra.
La tripulación estaba formada por Paul Leim, el capitán; Jon Joyce, un joven impulsivo, aunque valiente y leal; Jean Moiret, hombre ambicioso que contaba con buenas relaciones en la cúpula gubernamental de La Tierra; Morley Beth Sobo, astronauta filósofo, que no comandaba la nave pero era el más veterano~de los cuatro; y un gato llamado Marsus, que estaba allí porque al capitán Leim le gustaban los gatos, y saltándose las normas lo había subido a bordo.
-Ahí está el planeta capitán -dijo Joyce-, es el cuarto. Su atmósfera es respirable; su tamaño ligeramente mayor al de nuestra tierra. Tiene placas continentales y océanos. Parece una copia de La Tierra. Mirenlo, se lo voy a pasar aumentado a la pantalla.
Efectivamente, salvo por la forma de los continentes, lo que veían parecía una fotografla de La Tierra.
-Bueno, pues vamos a acercarnos y veremos -dijo el capitán Leim.
Tardaron otras dos semanas en llegar a la órbita del planeta. Durante el viaje se hablan permitido bautizarlo con el nombre de Planeta Nuevo, para no tener que estar llamándolo siempre "el planeta".
Comprobaron que existían señales de vida, pero no de vida inteligente. Se aseguraron de que la atmósfera era verdaderamente resp¡rable, y se prepararon para bajar a pisar el suelo de Planeta Nuevo. Tres de ellos iban a descender con una cápsula de exploración, Morley Beth Sobo y el gato Marsus se quedarían en la Highlife.
Por orden del capitán Leim, cada ve? que se efectuaba una maniobra de aquel tipo, quedaba totalmente prohibido hablar dentro de la cápsula, a menos que no fuera una emergencia. Cada uno debía de saber lo que tenia que hacer, por lo que el capitán no consideraba necesario el diálogo. Aquella clase de ordenes, y sobre todo la seriedad y el empeño con que las daba, hacían que el capitán Leim pareciese una persona con un carácter caprichoso, ya que la mayor parte del tiempo se mostraba condescendiente, y aceptaba de buen grado las iniciativas y decisiones ajenas, incluso en asuntos de importancia, en cambio, otras veces se mostraba muy firme en ordenes como esta, como si en ello fuera la vida de alguien. Según explicaba Beth Sobo, que conocía bien al capitán, era porque entraba en éxtasis cuando contemplaba la oscura grandiosidad del espacio contrastada con el azulado albedo del planeta. De hecho, el capitán nunca intervenía en la maniobra de aterrizaje. Se le veía mirándolo todo, inmóvil, escuchando su propia respiración a través de los auriculares de la escafandra. El arco del horizonte del planeta se reflejaba en su casco, hasta que poco a poco ya no había espacio negro con estrellas, sino que todo era luz blanca y azulada. Y con la luz, llegaba el sonido de los motores de la cápsula, acallados hasta entonces por el vacio del espacio, pero manifestándose ahora por el contacto con la atmósfera. Y enseguida, por entre las nubes, comenzaban a verse los colores ocre y pardo del suelo. Entonces se podía volver a hablar libremente.
Sobrevolaban una región desértica. Jon Joyce preguntó si aternzar en aquel terreno o seguir más adelante.
-lnvest¡garemos todo Planeta Nuevo -dijo Leim-, así que podemos empezar por aquí mismo. Aterrice Joyce.
Abrieron la puerta de la cápsula y bajaron por la escalerilla hasta pisar con sus pies el suelo. El primero que se atrevió a quitarse la escafandra y respirar el aire de Planeta Nuevo fue Joyce, Moiret y Leim lo imitaron enseguida.
-¿Ningún problema?- preguntó Leim.
-No. Se respira bien -contestó Moiret-, y es agradable la sensación de aspirar oxigeno natural.
-Menos mal que el ordenador de la Highlfle nunca nos engaña con esto de las atmósferas -dijo Joyce.
Anduvieron un rato cada uno por su lado, observando el terreno, formado de colinas de lo que parecía tierra arcillosa sin vegetación. Fotografiaron lo que parecían pájaros, que volaban, y también lo que parecían reptiles. Después se reunieron, hicieron comentarios sobre lo que cada uno habla visto, y luego decidieron subirse a la cápsula y volar hacia otra parte de Planeta Nuevo.
Se dirigieron hacia el este, al ¡nterior del contrente, ganándole horas al día, pues en Planeta Nuevo el sol también safla por oriente.
Después de atravesar una zona montañosa con algunqs de sus picos nevados, llegaron a unas praderas abundantes en vegetación. Acordaron aterrizar alfl, por el paisaje, que era totalmente distinto al que hablan explorado antes, y porque como no estaba erosionado, no representaba ningún peligro tomar tierra. Se comunicaron con Beth Sobo para que les confirmara que no había ninguna señal de vida inteligente, tras lo cual, posaron la cápsula sobre la hierba y salieron al exterior.
Vieron el cielo azul concurrido por algunas nubes blancas que se movían lentamente. Vieron un r¡o que venia de las montañas que se divisaban a lo lejos. Caminaron sobre la hierba, que era verde y parecía hierba. A ambos lados del rio habla árboles que más allá formaban un bosque. No veían animales, pero los oían. Los sonidos llegaban del interior del bosque y se mezclaban con el ruido del agua del ño y de las ramas de los árboles cercanos movidas por el aíre. Se acercaron a la orilla del rio y tocaron el agua, y a través de su transparencia pudieron verlo que parecían peces, que al advertir su presencia se dispersaron nadando velozmente en todas direcciones. Los tres se quedaron tumbados en la hierba, disfrutando del aire, del sonido del agua, y del paso de las nubes. Después de más de dos meses mirando pantallas de ordenador y oyendo pitidos cibernéticos, aquello era verdaderamente reconfortante. Ninguno de ellos proponía otra cosa que hacer
A Paul Leim no le costaba nada rendirse a la holgazanería cuando el ambiente era propicio. Llevaba bastante rato mirando al cielo, y acompañado por los sonidos relajantes y casi hipnóticos del paisaje, comenzaba a entrar en un estado de ensoñación. Estaba bien. Ten ia cuarenta y dos años y estaba bien. Así, tumbado y a punto de quedarse dormido..., los sonidos de la naturaleza parecían convertirse en música..., en una música dulce, como una canción de cuna.
-¡Escuchen! -exclamó Moiret-, ¿no oyen esa música?.
Leim y Joyce se incorporaron y adoptaron la expresión que obliga a las orejas a oir mas.
-Si, la oigo -dijo Joyce.
-Yo también la oigo -dijo Leim-. Joyce. Vaya a ver si la produce algún aparato de nuestra cápsula.
-Pero si viene del lado contrario de donde tenemos la cápsula -d¡jo Joyce.
-Vaya de todas maneras -insistió Leim-. Puede ser que un eco extraño nos confunda.
Joyce se levantó y comenzó a caminar con cautela hacia la cápsula. La música segula sonando. Parecía hecha con un instrumento parecido al xilofón, pero con un sonido que recordaba el tintineo de unos vasos de cristal chocando entre si. Los acordes eran de sólo
dos o tres notas y perfectos, ta melodía estaba compuesta por notas largas y fundamentalmente separadas por intervalos de terceras y quintas todas del mismo tono. El volumen iba disminuyendo paulatinamente y ya casi no se ola.
-¿Qué cree que es, Moiret? -preguntó Leim.
-Bueno, quizas no tenemos todos los sistemas de detección de vida inteligente que nos hadan falta.
Joyce acababa de regresar. La música habla cesado.
-En la cápsula todo está en orden, y desde su interior la música no se oye -d¡jo-. He hablado con IBeth Sobo para ver si era él que habla emitido algún mensaje y me ha asegurado que no había tocado la radio desde la última comunicación.
-Esta bien -dijo Leim-. La música venia de aquella dirección, donde está aquel árbol. Vamos a hechar un vistazo.
Estuvieron buscando, no sabían qué, dumnte un buen, rato. Miraron por todos lados y utilizaron todos los aparatos que llevaban, pero no encontraron nada. Sólo habla aquel árbol rebosante de lo que parecían frutos, y bajo Ó¡$ sólo habia los restos de aquellos frutos, algunos ya descompuestos y secos, otros en mejor estado y otros que parecían recién caídos del árbol. Leim alargó un brazo para coger una fmta del árbol. Después de palpar dos o tres, eligió una que parecía madura. Era del tamaño y forma de un limón, pero de color rojo y de piel suave a punto de rasgarse por su madúrez. La agarró con las dos manos y situó los dos dedos pulgares en el centro de la fruta, presionó con los dedos y al mismo tiempo separó un poco las manos en un movimiento arqueado, reventando y abriendo la fruta, exponie~do su interior. Se miraron unos a otros para interrogarse con los ojos y confirmarse mutuamente que todos lo sentían. De nuevo estaban escuchando la música.
Nunca habían escuchado un sonido tan puro. La música era como si sonase directamente en el interior de sus cabezas, con la intensidad y el volumen justos para sentirla en toda su plenitud. La composición que escuchaban era la misma que habían oído antes desde la orilla del ño. Una melodía suave acompañada de acordes sencillos, interpretada por instrumentos que parecían de cristal. Estuvieron cinco, o quizas diez minutos o más, embriagados por aquella música casi mágica, hasta que, disminuyendo poco a poco su volumen, dejó de oírse.
2.
A bordo de la nave espacial H¡ghlife.
-Es magnifico -dflo Beth Sobo después de escuchar una fruta en su totalidad.
-Seis minutos cuarenta y tres segundos -dijo Moiret que había estado cronometrando la audición-. Cincuenta y cinco segundos menos que la última que escuchamos, aunque la música parece ser idéntica en todas las fmtas.
-Hay pequeñas variaciones -dijo Leim-, en el tempo, en algún pasaje de la melodía que no se repite..., pero todas las frutas son la misma canción, diferentes interpretaciones de la misma composición.
-Extraordinario... -continuaba Beth Sobo que se había quedado como distraido-, nunca he oído nada tan bonito.
-Es cierto -dijo Moiret dirigiéndose al capitán-, sólo hemos escuchado las frutas que hemos recogido de aquel árbol. Qreo que deberíamos volver al planeta a por otra clase de frutas.
-Sí es que las hay -contestó Leim-. Pero si, estoy de acuerdo en que habrá que investigar más. Mañana -era una manera que tenia el capitán de dar a entender, allí, donde no había ni día ni noche, que se podía, o se tenía que descansar- cogeremos de nuevo la cápsula y bajaremos a Planeta Nuevo, a ver lo que encontramos.
-Muy bien, entonces me retiraré a descansar unas horas. Nos veremos luego ~dijo Moiret, que, aunque la normat¡va espacial lo obligaba, no solía pedirle el formal permiso a Leim para este t¡po de cosas, y a veces tampoco para otras. Moiret era así. Tenia orgullo y lo usaba. Sabiéndose, protegido por sus amistades de La Tierra, no ternia los problemas que le podian causar las quejas de un capitán de una nave de exploración, por, muy importantes que fuesen el capitán, la nave y la exploración. Al fin y al cabo la. nave Highlife era como suya. ¿Quién sino, habla administrado el presuptiesto para aquella expedición?. Él, el Secretario del 'mayor banco privado de todo el sistema solar. Tenía que controlar la situación. Las frutas también eran suyas y debía de ser él, Jean Moiret, quien las llevase a La Tierra.
-Con su perm¡so, cap¡tán -dijo Joyce que habla permanecido en la estancia con los otros tres-, también me retiraré a mi compartimento a descansar un poco.
-Esta bien Joyce -contestó Leim.
Leim y Beth Sobo se quedaron solos, con un montón de frutas esparcidas por la mesa.
-Bueno Morley -dijo Leim-, ¿qué opinas tú de todo esto?
Morley Beth Sobo era un hombre de unos cincuenta años y llevaba veinticuatro siendo astronauta. Durante su larga carrera habla tenido ocasión de visitar y explorar numerosos satélites y planetas, incluso más allá del sistema solar. Fue diez años atrás, en uno de sus viajes, que coincidió con Paul Leim y se hicieron amigos. Desde entonces, por una de estas extrañas razones que~hace que algunas personas conecten, mantuvieron su amistad.
-No se Paul -contestó Beth Sobo hablando con precavida lent¡tud-, es una música tan maravillosa..., y no la ha hecho ningún hombre..., es obra de la naturaleza,
Leim tenía la mirada como distante, pero puesta en Beth Sobo, y le escuchaba, siempre le escuchaba. Mantuvo esta postura aún unos segundos después de que su amigo hubiese hablado. Luego desvió la mirada hacia las frutas, cogió una entre las manos, y con el mismo aire distante dijo:
-Si, es obra de la naturaleza..., pero compuesta en Re Mayor y al compás de cuatro por cuatro.
3.
Planeta Nuevo tenia un periodo de rotación de veintiocho horas y treinta y siete minutos. La zona en la que ¡ban a aterrizar estaba antes en el lado oscuro del planeta. Se encontraban en la otra parte del mundo, en el hemisferio sur, a pocos kilómetros de la costa. No habían detectado de ninguna manera señales de vida inteligente. Tomaron tierra junto a un lago, a poca distancia de lo que parecía una enorme selva. El capitán Leim, ordenó a Joyce que permaneciera cerca de la cápsula; él y Moiret se encaminaron hacia la selva en busca de árboles frutales.
A medida que se acercaban a la muralla verde de vegetación, donde terminaba la esplanada y comenzaba el bosque, oían con más fuerza los midos característicos de la jungla. Cuanto más cerca estaban, más fuerte se oían los midos, pero menos característicos eran. Mezclados con lo que parecían el trinar de toda clase de pájaros, y los rugidos de toda clase de fieras, se escuchaban desde lo que parecían arias que ejecutaban solitarias sopranos, hasta trepidantes crescendos de orquestas sinfónicas. Como el espesor de la selva les impedía ver nada más allá de dos o tres metros, aquella cacofonía se convertía en un estremecedor sonido, capaz de producir increíbles imágenes en su imaginación: Obesas mujeres interpretando apasionadamente extrañas canciones sin letra. Grupos de músicos vestidos con frac. Aparatos de alta fidelidad sonando sin control. Todo desperdigado por la selva, a la sombra de un techo de clorofila, siendo obstáculos para persecuciones entre animales, siendo cubículos para nidos de pájaros, y medio devorados por la maleza.
Seguramente' no sería así, por lo tanto reaccionaron y penetraron en la selva
cautelosamente, ya que podian ser atacados por alqún animal.
Descubrieron el motivo de tanto mido: en la semipenumbra del interior del bosque, se podian distinguir grandes cantidades de frutos de distintos tamaños y colores, colgados de diferentes árboles. Algunos animales, al querer alimentarse de ellos; rompían sus cáscaras y liberaban la música. Otros, con su paso por las ramas de los árboles, al tocar alguna fruta que ya estaba madura, la hacían caer al suelo, y con el golpe se partía dejando al aire su pulpa y su música. Rodeados por las salvajes escenas y abrumados por un anárquico, y dincil de soportar, concierto, recogieron todos los frutos que pudieron, intentando que hubiese la mayor variedad posible de ellos. Después, salieron con cierta prisa de la selva.
4.
En la nave espacial Highlife...
Trajeron por lo menos diez especies diferentes de frutas, que iban desde lo que parecían cerezas, por el tamaño, la forma y la textura, hasta lo que parecían sandias. Seleccionaron un ejemplar de cada fruta y los colocaron todos encima de la mesa de la sala de reuniones de la nave. Ceremoniosamente, los cuatro hombres se sentaron alrededor, dispuestos a escuchar una a una las frutas que tenían ante si.
Comenzaron por "la cereza".
Sonó como una flauta interpretando un breve himno de apertura. Corcheas y semicorcheas posicionadas en la octava más aguda que jamás oído humano escuchara. La tesitura no era exactamente de flauta, sino que se asemejaba más bien al piar de algún pequeño pájaro. Fue una sola frase musical que no se repitió.
Luego, Leim, cuchillo en mano, cortó una fruta de las grandes.
La audición de aquella fruta duró cerca de media hora, en la que el sistema nervioso de los cinco seres vivos de la nave, alcanzó altos niveles de emoción. Se trataba de la ejecución de una sinfonia magistral, interpretada por una orquesta de sonidos ligados a la naturaleza. El allegro del inicio estaba formado por truenos que sonaban como timbales, por olas del océano que sonaban como platillos, por huracanes que hacían las veces de conjuntos de cuerda. El agua caía en gotas, en chorros, en cascadas, en geisers..., y en ella caían guijarros, ramas, hielo, y gotas de si misma de todos los tamaños y a todas las profundidades, consiguiendo melodías que se movian por todas las notas de varias octavas. El viento soplaba a través de troncos huecos estrechos y anchos, por entre las rendijas de las rocas, dentro de grutas por sus galerías grandes y pequeñas, formando largos acordes que acompañaban las melodías, Minerales y metales de todas clases repiqueteando entre si, reforzando los acordes y creando ritmos. Se oían también balidos de cordero que parecian tenores y barítonos del coro, y diferentes voces que tanto podian pertenecer a focas, hienas o chimpancés o cualquier otro animal, pero nada humano. Rocas, lluv¡a, aluds, cabalgatas, estampidas, chapuzones, volcanes, incendios, cataratas, todas las gargantas de mamíferos, reptiles y aves, todas las antenas y pinzas de insectos y crustáceos, y un sinfin más de sonidos no del todo identificados, fueron los ejecutores del adaggio y el presto vivacce con los que continuaba y concluía lá obra. No había enarmonías ni disonancias, si el huracán daba un Do menor, la gota de agua daba un Mi bemol. Armónicamente la composición era perfecta.
La escucharon, no tan sólo con los oídos, sino que la música estuvo dentro de ellos, en el interior de sus cerebros, produciendo angustias, bienestares y escalofríos. Y al fin acabó, pero nadie reaccionaba. Estaban hieráticos con las miradas perdidas en el infinito de sus mentes.
Despertaron y se vieron unos a otros. Jon Joyce estaba gimiendo con la cara entre las manos; Moriey Beth Sobo, aunque movía las pupilas, parecia estar escuchando todavía la música; Jean Moiret asentía continuamente con la cabeza; Paul Leim agarró a su gato y
se lo puso encima de las rodillas, acariciándolo. El animal, que era de naturaleza juguetona, estaba manso y casi aturdido, con las orejas cachas y la cola erizada.
-Será mejor que por hoy lo dejemos aqul ~ijo al fin Leim con voz ronca.
-¿Por qué? -adució Moiret-. Podríamos seguir, escuchar una de las medianas. Tenemos tiempo, podemos escucharlas todas.
-Creo que estas frutas son algo más que música -replicó Leim-, y quizas son capaces de crear algún efecto psicológico en nosotros. Hasta que no estemos seguros de ello, me parece que debemos tomamos el asunto con prudencia. Mire a Joyce, o mirese usted mismo Moiret. No es normal quedarse en el estado en que nos hemos quedado todos después de oir la música, por muy buena que sea esta o por mucho que le pueda gustar a uno.
-Pero vamos Leim -contestó Moiret-, esto es pqrque es algo nuevo para nosotros. Música hecha por sonidos naturales. Ni ¡OS más sofisticados samplers de las industrias discográficas, han logrado jamás imitar tan bien y con tan alta calidad los sonidos de un trueno. Es normal que estemos impresionados
Leim se deshizo del gato que ya se encontraba mejor.
-M¡re Moiret -dijo-, puede ser como usted dice, pero a mi no me lo parece. O sea que hasta que no me convenza por mi mismo, que escuchar dos frutas como esta seguidas no es peligroso, esperaremos para la próxima audición.
-Usted es el capitán -dijo Moiret-, y por lo tanto el que da las ordenes, pero si me lo permite, me gustaría escuchar la opinión de los demás.
Al percibir que estaban a punto de alud! rie, Joyce se incorporó en su silla tomando un aire más presentable.
-Yo preferiría no escuchar otra fruta por el momento -intervino Joyce antes de que le preguntaran directamente.
-¿Podemos saber por qué? -preguntó Moiret.
-Porque tengo miedo.
Inútil pedir la opinión de Beth Sobo, estaría sin duda de parte de Leim, siempre lo estaba. Su intento de apelar a una decisión democrática habla fracasado, no le quedaba otro remedio que abandonar, por ahora. Sólo por ahora.
-De acuerdo -dijo Mo¡ret-, ¿puedo por lo menos coger un par de frutas y escucharlas a solas en mi compartimento?.
-Puede retirarse si quiere -contestó Leim-, pero sin las frutas. ¿No me ha entendido Moíret?. Aún no sabemos si son peligrosas. Nadie va a escuchar otra fruta en las próximas horas.
Que extraño..., Moiret comportándose como un niño testarudo para conseguir su juguete. Paul Leim empezaba a conocerle, sabía que era fino utilizando argucias para lograr algo, y casi siempre convencía. Pero esta vez se hablan notado muy claramente sus propósitos. Algo insólito en Moiret, que siempre se expresaba diciendo lo que los demás querían oir, y su forma de llevar la contraria era dando la razón, hasta que su interlocutor, sin darse cuenta, ya estaba pensando como él.
Sin ocultar su disgusto, Jean Moiret abandonó la sala de reuniones. Detrás de él salió Jon Joyce, sin otra intención que la de quedarse a solas en su compartimento. Pero no pudo, porque Moiret le pidió para hablar con él y no supo negarse.
-Siéntese por favor -dijo Moiret, que habla invitado a Joyce a entrar en su compartimento-, ¿quiere tomar alguna cosa?.
-No, gracias.
Moiret se sentó también. Sonrela amigablemente y se movia de una manera que, sin llegar a ser descortés, si que era informal. Joyce empezó a relajarse, ya no se sentía descontento e incómodo por no estar haciendo lo que quería, al contrario, ahora empezaba a sentirse bien, aquel hombre le estaba dando una confianza que le gustaba.
-Parece que la audición le ha impresionado un poco, ¿verdad? -dijo Moiret.
-Si, no he podido evitarlo, es una música verdaderamente estremecedora.
-Cierto, es algo extraordinario, creo que hemos hecho un gran descubrimiento, ¿no
le parece?.
-Si. También pienso que es un descubrimiento muy importante -dijo Joyce.
-Y digame una cosa: ¿también piensa que puede ser peligroso escuchadas?.
-No lo se señor contestó Joyce-, pero a mi me ha emocionado mucho. No puedo decirle si el capitán Leim Uene o no razón, sólo puedo hablarde mi, y le diré que a momentos, la música, me ponía literalmente los pelos de punta.
-A mi también me ha causado emociones -dijo Moiret con cierta gravedad y mostrando una preocupación que lo convertia en cómplice de las intimidades de Joyce-, pero yo creo que no tenemos de que preocupamos. Dejando a parte la música, la calidad del sonido es alflsima. Vamos, yo no conozco ningún aparato de reproducción de soportes musicales que dé esta calidad de sonido. Pienso que es esto lo que nos ha impresionado a todos. Es como si el hombre de la edad media escuchara un equipo de alta fidelidad de mil vatios de potencia. La primera vez se quedaría como nosotros con la última fruta, y muy posible, que en su ignorancia, destrozara el aparato -con esta última frase, Moiret hacia una indirecta, pero perceptible alusión a Leim.
"Yo creo que nos encontramos ante un maravilloso fenómeno de la naturaleza, del que debemos disfrutar, igual que disfrutamos de las puestas de sol, o de los baños en las cálidas y límpidas aguas de una playa tropical. Todo el mundo tiene derecho a estos placeres, ¿por qué negamos ahora a este otro?, ¿por qué no enseñarlo a toda la humanidad?. Después de un estudio de cada una de las diferentes frutas musicales de este planeta, se podrían importar por categorías, explicando la calidad y el tipo de música de cada fruta, para que de antemano, quien fuera a escuchadas, se pudiera hacer una idea de la fruta que hubiese elegido. Incluso quizas se podrían culflvar también en algún lugar del sistema solar.
tEn fin Joyce -continuaba Moiret-, son cosas. que se me ocurren. Usted sabe que en cierta forma este es mi trabajo. Yo estoy aqul para peritar los descubrimientos efectuados por esta nave, y creo que lo de estas frutas va más allá de un descubrimiento científico, es algo que puede dar resultados inmediatos, y la verdad, no puedo entender a Leim mostrándose tan prudente.
-Bueno, él es el capitán -dijo Joyce-, es el responsable de la nave y de todos nosotros, es su obl¡gación mostrarse cauto ante lo desconocido.
-Si, tiene razón -dijo Moiret-, deberíamos hacerle caso y dejar que él decida en todo. Pero claro, como yo veo que cuando lleguemos a La Tierra habrá tanto trabajo que hacer con las frutas...
5.
Al mismo tiempo, aún en la sala de reuniones, Paul Leim y Morley Beth Sobo, mantenían otra conversación.
-Gracias -le dijo Beth Sobo a Leim que le acababa de llenar la taza de café.
-Podría ser que hubiese vida inteligente en Planeta Nuevo -dijo Leim-1 y que fueran ellos los agricultores de estos prodigios.
-Si, podría ser contestó Beth Sobo sin demasiada. convicción.
-El lenguaje musical utilizado es el mismo que tenemos los humanos desde hace milenios. La escala es de siete notas con sus correspondientes sostenidos y bemoles. Los acordes son de tres, cuatro, o hasta cinco notas, respetando los intervalos necesarios para que sean mayores y menores, con séptimas, o incluso con tensiones novenas y onceavas -Leim, en su juventud, habla adquirido formación musical-. Sólo los instrumentos, y sobre todo el soporte, diferencian esta música de la humana.
-¿Sólo los instrumentos y el soporte? 7preguntó Beth Sobo.
-Y las emociones que provoca su audición.
Los dos bebieron un sorbo de café, cada uno con su taza. Se lo acabaron y se
sirvieron otro más. Mientras tanto, Beth Soho, le explicó a Le¡m lo que pensaba: Creía que las frutas eran obra de la naturaleza. Cuando Leim y los demás bajaban a Planeta Nuevo, él orbitaba en una busqueda incesante de señales de inteligencia, utilizando todos los sistemas conocidos y algún otro que se inventaba, y, hasta el momento, no habla detectado nada. Pero esto sólo le servía para reafirmarse en lo que ya sabia desde que escuchó la primera fruta. Aquella era La Música de Dios.
Dijo que Dios ya nos habla mostrado sus obras de arte a lo largo de la historia del universo, y que habla cóncedido al hombre la facultad de imitarle como artista. Podíamos pintar, fotografiar o filmar, pero nada "creado" por el ser humano se podía comparar en grandiosidad y belleza a los anillos de Saturno, o a una cotidiana puesta de sol. La luz, la imagen, las formas y los colores le pertenecian a El, y nosotros, los hombres los estábamos utilizando como herramientas para expresar nuestras inquietudes. Escribíamos poemas y textos para ser representadós teatralmente, en un intento de mostrar el drama de nuestra existencia y la de los demás. Una nimiedad comparado con el drama de la formación de los planetas y satélites, o del desarrollo de la vida en el fondo de los océanos.
Con la música creíamos que teníamos una exclusiva, pues la naturaleza era capaz de crear hermosos sonidos, pero no de ordenarlos armónicamente, dándoles forma, principio y fin. Con esta baza, y con los avances científicos, que explicaban los milagros de la biología, la astronomía, la fisica y la química, como quien descubre los trucos de un prestidigitador, incluso nQs atrevíamos a poner en duda la existencia de Dios, desbancando así, al mayor y único artista~del universo. Pero ahora resulta que en un planetá de la galaxia la música se produce de forma natural, igual que los arco iris Sí la luz y los colores existían antes de que el hombre los clasificara, por lo visto la música también.
Según Morley Beth Sobo, se encontraban ante una prueba definit¡va y tangible de la existencia de Dios, y era de esta manera como tenían que tomárselo.
-Y la iglesia -añadió para concluir-, debilitada como se encuentra por la falta de fe general de los últimos tiempos, ya se encargará de hacerse suyo el asunto.
· -Reconociendo que en Planeta Nuevo no hay inteligencia original, ¿no crees que podrían haber llegado seres de otro planeta y hacer aqul sus experimentos con las plantas?.
-Lo que no creo es que existan seres capaces de desarrollar unas plantas que produzcan estos frutos -dijo tajantemente Beth Sobo.
Leim empezó a pensar que el viejo Morley comenzaba ya a desvariar. ¿Qué clase de tonterías sobre Dios y el arte había dicho?. Pobre Morley, se estaba haciendo mayor.
-¿Un poco más de café Moriey? -dijo Leim al mismo tiempo que le llenaba la taza a su compañero.
-Gracias.
-Podria ser que hubiese vida inteligente en Planeta Nuevo, y que fueran ellos los agricultores de estos prodigios.
-Si, podría ser -contestó Beth Sobo sin demasiada convicción. Y en aquel instante tuvo una sensación de "deja vu", y Leim también. Pero ninguno de los dos hizo caso de ello y no lo comentaron. Entonces Leim, dijo de nuevo lo que ya había dicho sobre la teoría de la música, y Beth Sobo repitió palabra por palabra su explicación referente a Dios y al arte. Bebieron las mismas tazas de café, con la misma cantidad de sorbos que antes, y utilizaron los mismos movimientos para ello. Todo habla vuelto a suceder otra vez.
6.
Coincidieron en el corredor de la zona de compartimentos privados. Faltaban Joyce y Moiret, la música salía del compartimento de este último. Llamaron a la puerta, pero nadie hizo caso. Al fin, Leim, decidió usar la llave maestra para entrar. Consiguieron abrir la puerta
y vieron a Jean Moiret, sentado en una silla frente a una mesá, sumido en una obnub¡lac¡ón. Al estar cerca de la fruta que escuchaba su compañero, la música~enseguida estuvo dentro de sus mentes. Leim se quedó parado oyéndola, Beth Sobo reaccionó encerrando la fruta dentro de una papelera que encontró en el suelo. De repente no se oyó nada. Moiret inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás, abrió tanto los ojos que parecía que se~le iban a salir de sus cuencas, y en un segundo cogió el vaso de vidrio con el que estaba bebiendo algo y lo estrelló en la sien de Beth Sobo, rompiendo el vaso en mil pedazos y abriendo una herida en la cabeza de este. Beth Sobo cayó desplomado al suelo. Leim saltó encima de Moiret, le agarró el cuello con su antebrazo y lo apretó contra su pecho, al. mismo tiempo que con la otra mano cogia la pistola y se la ponía en la mejilla. Un impulso nervioso envió fuerza a su dedo indice para que apretara el gatillo; a medio recorrido venció la razón y no disparó. Jon Joyce, que acudió al lugar atraído por el alboroto, presenció la escena desde que Moiret partiera el vaso en la cabeza de Beth Sobo. A sus ojos, tres hombres se hablan peleado violentamente sin motivo alguno.
7.
Transcurrieron cinco días desde el incidente en el compartimento de Moiret. Beth Sobo estuvo inconsciente algunas horas tras el golpe, y le quedó una herida que ya estaba cicatrizando, pero por suerte no habla sido nada serio. Moiret, que se encontraba bajo arresto técnico, sentía ahora una insoportable vergúenza por lo que hizo. Además de desobedecer una orden directa del capitán, robando frutas, había agredido sin razón, a alguien teóricamente con rango superior al suyo. Pero la vergOenza le venía por saber que había perdido el control, tanto que ni siquiera recordaba con claridad el momento en que golpeó a Beth Sobo. Pareció haber despertado entre el brazo y el pecho de Leim, sintiendo como le presionaba el cuello y le arañaba la mejilla con el cañón de un arma. Pero Moiret ocultaba en lo que podía estos sentimientos, al igual que Leim, que también se sentía avergonzado. Estuvo a punto de matar a alguien sólo por un impulso, por haber perdido el control, y ahora se sentía mal por ello. Él era un capitán de una nave estelar, y esto signif¡caba poseer un alto nivel de autocontrol. Eran necesarios muchos años de preparación fisica y psíquica para llegar a responder a las condiciones necesarias para ser oficial merecedor de la confianza de sus superiores, y, sobre todo, de sus subordinados. Ahora, le costaba aguantar la mirada de Joyce. Jon Joyce, que también tenía sus problemas. Siendo el más joven y el más inexperto de los cuatro, de pronto se sentía como si tuviera que ser el padre de todos. Tal y como veía a sus jefes y compañeros, debía adquirir todavía más responsabilidades. Actuaba con cautela y suspicacia, y temía a lo que aún podía pasar en las próximas horas.
El ambiente en la Highlife era tenso, pero de una manera u otra habla que seguir trabajando y tomando decisiones. Leim achacaba al efecto que las frutas producía en sus mentes, lo ilógico de su comportamiento y del de Mo¡ret. Por ese atenuante permitía que Moiret circulara libremente por la nave. Como seguía considerando que las frutas eran peligrosas, y ahora tenía más razones para ello, se hizo cargo personalmente del análisis qulmico de una de ellas. Su argumento era que él y Moiret habían estado más veces bajo la influencia de las frutas; al ir a la selva a buscadas; cuando las escucharon por primera vez en el planeta, Joyce estuvo la mayor parte del tiempo en la cápsula; Moiret había robado una... Por todo esto, pensó que por lo menos Beth Sobo, que era el que menos expuesto a las frutas había estado, y Joyce, se mantuvieran al margen. Si las cosas iban mal, alguien tenía que conservar la razón para llevarles de vuelta a casa.
Moiret, en parte para enmendar sus faltas, pero sobre todo porque se moría de ganas de escuchar otra fruta, se ofreció voluntario para ayudar a Leim. Los dos se encerraron con una fruta y varios aparatos en la sala de reuniones. Iban a grabar tanto la imagen como el sonido de lo que pasara en la habitación. Además, instalaron instrumentos que analizarían
los átomos del aire que respirarían durante la audic¡ón.
Conectaron todo, se sentaron en ángulo al extremo de la mesa y cortaron la fruta liberando su magia.
Tras un rato llegó el silencio. Como la fruta elegida no era muy grande, supusieron que estuvieron en estado de éxtasis unos díez minutos.
-¿Qué tal, Moiret? -preguntó Leim.
-Ya se puede imaginar: aturdido aún.
-Yo también lo estoy. Ahora habrá que estudiar lo que hemos recogido con los aparatos, y lo que ha quedado de esto -dijo Leim mientras cogía un pedazo de fruta y lo alzaba hasta la altura de sus ojos. Lo mantuvo unos segundos mirándolo fijamente, a veinticinco centímetros de su cara. Lo vela muy nítido, con todos los detalles. La mgosidad de su piel verdosa..., la húmeda pulpa amarilla... Su atención sólo estaba puesta en la fruta, aunque a su cerebro llegasen todas las imágenes perifericas. Miraba con los dos ojos, enfocando a la fruta, y desenfocando lo que quedaba detrás, duplicado en su mente por el efecto de la óptica y la perspect¡va, y del cruce de dos puntos de mira que eran sus dos ojos. Leim, estaba absorto en la contemplación de la fruta, pero Moíret, horrorizado, vió como de la nada aparecia otra pantalla de video al lado de la única que habla en la habitación. Las dos pantallas estaban justo en línea con Leim y la fruta que contemplaba.
-iLeim, Leiml -exclamó Moiret. Yen el momento en que Leim dejó de observar el trozo de fruta y le prestó atención, de nuevo sólo había una pantalla de video.
¿Qué pasó?. ¿l'loiret tuvo una alucinación, o es que sus mentes se habían fusionadq por un momento y tuvo acceso a la interpretación que el cerebro de Leim daba de una parte de lo que sus ojos visionaban?
-¿Qué ocurre, Moiret? -preguntó Leim intrigado.
Moiret ya no se atrev¡ó a contar lo que le habla sucedido.
-Nada -, dijo.
Leim comprendió que algo le había pasado a su compañero, pero también comprendió que necesflaba conservar su intim¡dad, así que no insistió. Llamó a Beth Sobo y a Joyce pára que asistieran a la revisión de las cintas de audio y video que hablan grabado.
En la pantalla apareció la imagen de Moiret y Leim sentados uno junto al otro. Se vió como Leim, con las manos, partía una fruta, y después se quedaban los dos en silencio, con los brazos reposando sobre la mesa, con las palmas de las manos vueltas hacía abajo. Es lo único que pasó hasta que se movieron los dos un poco, como si despertaran de una hipnosis. Y orse, sólo se oyeron sus voces como hablaban al final, antes de desconectar. Moiret esperó ver en la grabación su experiencia alucinógena, porque para él fue tan real que le quedó la esperanza de que los aparatos la hubieran registrado. Pero nada. Ni lo de Moiret ni música. La electrónica no escuchaba frutas.
Quedaba analizar el aire y los restos de la fruta. Se ocuparon de ello Joyce y Beth Sobo. Leim y Moiret dueron estar cansados y se fueron a dormir.
-Un par de horas -dijo Leim-, después nos reuniremos para saber los resultados de los análisis.
Estuvieron durmiendo veintidós horas seguidas. Aunque Joyce había intentado despertarlos en varias ocasiones, sólo conseguía que volvieran a la vigilia un segundo, justo para olrles decir que necesitaban dormir más.
8.
En los restos de la fruta que habían escuchado Le¡m y Moiret, no se encontraron substancias que pudieran ser dañinas al organismo humano. Sin embargo, en el aire analizado aparecieron elementos extraños además de los conocidos.
-Lo que más se asemeja a esto es el polen -dijo Joyce-, pero no es polen. No se lo
que puede ser.
Hablaba con Beth Sobo, durante las horas en que el capitán y Moiret estaban durmiendo. En aquellos momentos era el único que le merecia confianza. Estaba apreciando una transformación en Leim y Moiret. Una transformación que se acrecentaba vertiginosamente, según él.
-Han estado expuestos como mucho a cinco o seis frutas -decía Joyce-, y mire, estuvieron a punto de matarse entre ustedes, ahóra no paran de dormir, y no hay que ser muy suspicaz para darse cuenta que con la excusa de experimentar no pararían de escuchar frutas. Es muy probable que hayan estado cogiéndolas sin nosotros saberio, ya que es el capitán Le¡m quien controla las que tenemos a bordo y puede hacer con ellas lo que quiera sin preguntamos.
"En confianza señor, creo que estos frutos crean adicción. No se si deberíamos regresar a La Tierra antes de que sea demasiado tarde.
-Seguramente tiene razón Joyce -dijo Beth Sobo-, pero lo que usted propone es un motín. Es posible que tanto Moiret como Leim den muestras de adicción, pero no de que hayan perdido la razón.
-¿Y qué me dice de la pelea del otro día?. Usted no lo vió porque estaba sin sentido1 pero después de que le golpearan, el capflán estuvo a punto de dispararle en ¡a cabeza a Moiret.
-Esto no significa nada. Leim debía reducir la violencia de Moiret y lo hizo. El único que se comportó de extraña manera fue Moiret, lo demás son intemretaciones suyas de lo que vió. El capitán sigue siendo el capitán, y no podemos regresar a La Tierra sin que él lo ordene. El que ahora esté durmiendo no es motivo para amotinarse. Es absurdo.
Beth Sobo hablaba así porque su profesionalidad y la prudencia adquirida a lo largo de los años lo obligaban, sin embargo su pensamiento estaba de acuerdo con los razonamientos de Joyce.
-No estoy hablando de amotinarnos -dijo Joyce-, sino de plantear formalmente el regreso inmediato a La Tierra. Allí, don más medios, se pueden encontrar soluciones para el problema.
9.
La propuesta de Joyce no fue rechazada, pero el regreso no sería inmediato. No se fijó fecha para la vuelta. Leim adució que primero tenlan que recoger más variedad de frutos para llevarse consigo, y segundo y más importante, todavia no hablan explorado a fondo Planeta Nuevo para elaborar un informe sobre la posible colonización del lugar. Moiret estuvo de acuerdo con eso, y Joyce se quedó perplejo. ¿Donde estaban la ambición y el ansia de gloria de Moiret?. ¿Qué pasó con lo que habían hablado hacia unos días?. Y lo más extraño:
¿Como es qué de repente estaba tan fácilmente de acuerdo con Leim? Fuera por lo que fuera, el caso es que Joyce, por orden del capitán, ya estaba preparando la cápsula para bajar a la superficie de Planeta Nuevo en misión especial.
De nuevo fueron Leim, Mo¡ret y Joyce los que bajaron al planeta. Como siempre, la maniobra la condujo Joyce, pero esta vez no hubo tanta tranquilidad como otras veces en el interior de la cápsula. Cuando faltaban pocos kilómetros para entrar en la atmósfera, una música bella pero demasiado intensa para poder concentrarse, se metió en su cabeza y lo distrajo de su labor. Se dió la vuelta para ver lo que ya sabia que estaba pasando: Leim y Moiret se habían traído una fruta a bordo y la estaban escuchando extasiados. ¡Aquello ya era demasiado!. Seguramente habla sido idea de Leim. Conociendo lo mucho que le gustaba observar el espacio combinado con la luz de los planetas, ¿qué mejor ocasión para aumentar este placer ahora que podia?.
Hubo que esperar casi media hora para reanudar la maniobra; la mitad escuchando
la música, la otra mitad recuperándose, pero al fin atravesaron las nubes y llegaron a tierra. El objetivo de la m¡sián era explorar topográficamente un continente, a fin de recopilar
datos para la construcción de ciudades y carreteras. Tenían que recoger todas las imágenes necesarias para poder confeccionar mapas que permitieran desarrollar proyectos fiables desde el sistema solar. Tarea previa imprescindible para la logisflca de las naves comerciales que después de ellos invadirían Planeta Nuevo. Joyce, todo esto lo tenia muy claro, pero el que mandaba era el capitán Leim, y no es que él no lo tuviera también claro, sino que no parecía ser su prioridad. Cuando divisó un bosque, ordenó aterrizar.
Tomaron tierra, y al igual que la última vez, Leim le dijo a Joyce que se quedara en la cápsula, él y Moiret irían al bosque a investigar.
-¿Investigar qué?-, se preguntaba Joyce, que en su opinión ya sabían lo que necesitaban saber por ahora de las frutas (que la música no era realmente música, sino que era creación de sus propias mentes, producida por algún tipo de droga que desprendían las frutas), y disponían de la cantidad suficiente para que representase una muestra significativa que les. permitiera regresar a La Tierra. Era alfl donde tenian que investigar. Ellos no contaban con los medios ni conocimientos necesarios para llegar a conclusiones certeras. Ninguno era científico. ¿Pero qué podía hacer?. Según Beth Sobo, no habla motivos para relevar del cargo al capitán. Tras el largo sueño en el que estuvieron sumidos Leim y Moiret, Joyce les había informado que por lo menos la fruta que habla analizado, no contenía ninguna sustancia venenosa, pero también les advirtió del Npolenn desconocido que podía ser la causa de las alucinaciones musicales. Aún así, seguían con sus experimentos sin dar ninguna muestra de preocupación, más bien al contrario, dado lo ocurrido en la cápsula mientras descendían a Planeta Nuevo.
Joyce pensaba en todo esto, mientras esperaba a los dos hombres que ya hacía bastante rato se hablan internado en el bosque. La suma de sus reflexiones lo estaba inquietando, y le abordaban extraños presentimientos.
Pasaban las horas y Leim y Moiret no aparecían por ningún lado. Ahora, Joyce, se preocupaba por ellos. D¡jeron que sólo iban a recoger frutas y después regresarían enseguida. Ya hablan tenido tiempo suficiente para ello, y no se les veía regresar, así que Joyce tomó la decisión de salir en su busca.
Lo que se encontró en el ¡nterior del bosque no le gustó nada. El retraso de sus compañeros le causó trágicas sospechas sobre su destino, que podía estar en las fauces de alguna fiera. Cargado con estos temores, la jungla, con todas sus sombras y la diversidad de sonidos que la inundaban, aún parecia más aterradora de lo que por si sola ya era. Cuando oyó las músicas de infinidad de frutas, todas mezcladas con los ruidos naturales del bosque, se quedó parado, dudando si seguir y encontrar a Leim y Moiret, o dar media vuelta. Un impulso le hizo taparse nerviosamente los oídos con las manos, buscando el silencio, o por lo menos atenuar aquel infernal concierto, pero lo único que consiguió fue eliminar los rugidos de los animales y el sonido de los árboles; la música seguía sonando con toda su intensidad. Se armó de valor y continuó abriéndose paso entre la maleza. No tardó en encontrar al capitán y a Moiret, habían andado pocos metros, los suficientes para dar con el mejor árbol frutal de las inmediaciones.
Joyce había seguido la degradación que habían~sufrido su capitán y su compañero, los consideraba ya adictos de aquellos frutos. Pensaba que hasta que no estuviesen de vuelta a La Tierra, tendría que aguantar algunas irresponsabilidades, pero que sería algo controlable (hasta cierto punto) y que alfl se podrían recuperar de su enfermedad. Él ya intuía desde hacía días estas dificultades, pero ahora, al verlos, se asustó de verdad. Los encontró de pie junto al árbol. Parecían observarlo todo detenidamente, como si nunca hubiesen visto un bosque. Sus movimientos, aunque denotaban curiosidad, eran extremadamente lentos. La expresión de sus rostros era de ausencia y de paz al mismo tiempo. Pero lo más extraño era que a pesar de su estado allí no se escuchaba música, los sonidos que llegaban eran débiles y si había alguna música venía de lejos.
-iCapitání. ¡Moiretí -les gritó Joyce sin resultados, pues parecían ni oir ni entender.
Intentando comprender lo que pasaba, Joyce, buscó huellas en escasos metros a la redonda. Encontró frutas del árbol que se alzaba encima suyo; únas le demostraban que hablan sido partidas por las manos de sus compañeros, en otras allá seriales inequívocas de que hablan sido mordidas por la boca de un ser humano. Las únicas bocas de hombres que habla por alíl eran las de Leim y Moiret. Fueron ellos quienes comieron de.aquellas frutas.
lo.
Más tarde, en la nave espacial Highl¡fe...
-Por mucho que lo he intentado no he conseguido hacerles salir del bosque -explicaba Joyce-. Con las palabras no razonaban, así que intenté arrastrar a uno de ellos, pero al darse cuenta de que quería sacarlo de allí se resisfla, y encima el otro no paraba de molestar jugando conmigo y obstaculizándome. No se mostraban agresivos, más bien lo contrario, sin embargo a mi pareclan no conocerme, pero tampoco mostraban extrañeza al verme. Para mi está claro que han perdido el juicio, aunque paradojicamente sus miradas rebosan intet¡gencia.
Beth Jon Joyce estaba nervioso y preocupado por la actual situación, en cambio, Moriey Sobo escuchó impasible la historia que le contó el joven. No pareció sorprenderse ni
apenarse ni nada, como silo ocurrido no tuviera ninguna importancia.
-¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó Joyce, más bien a si mismo que a otra persona.
-¿Qué edad tiene usted, Joyce? -dijo Beth Sobo.
La pregunta desconcertó a Joyce. Tardó unos segundos en contestar, luego dijo:
-Veintisiete años señor. Pero, ¿por qué le interesa mi edad?.
-Más o menos a esa edad empecé yo a viajar por el espacio. Son unos años en lo que todo resulta más complicado. Se está más pendiente de los demás, se advierten más cosas, se interpretan de varias maneras las palabras que olmos de los otros. En definitiva, da la impresión de que uno mismo se plantea más cuestiones sobre todo, ¿verdad?. Pero en realidad, lo que sucede es que no hay formado aúñ un banco de respuestas automáticas en nuestro interior.
-¿Qué me quiere decir con esto? -preguntó Joyce.
-Nada. De pronto me he acordado de cuando era joven, nada más -contestó Beth Sobo.
No iba ahora a ponerse pate. malista con Joyce. Ni a él le gustaba adoptar este papel, ni a nadie le gustaba oir sermones acerca de las vicisitudes de su vida. No obstante, tenia que comunicar al joven sus pensamientos, y cuales eran sus intenciones.
-Así que Leim y Moiret se han metido en un lío -duo-. Bueno, habrá que esperar a ver. Mientras tanto debemos tenerlos en observación, y si ellos no quieren subir a la nave, tendremos que bajar nosotros.
-Pero no podemos correr el riesgo de abandonar totalmente la Highlife -dijo Joyce-. Alguien tiene que permanecer a bordo.
-Podemos aterrizar con la nave en el planeta.
-¿Se ha vuelto loco usted también? -exclamo Joyce con sincero asombro-. Si posamos la nave en la superficie, emplearemos tal cantidad de combustible para superar la velocidad de fuga de Planeta Nuevo, que luego no dispondremos del necesario para llegar al sistema solar. Esto sería condenarnos a quedamos para siempre en este planeta, o a vagar indefinidamente por el espacio. No podemos bajar la Highlife a tierra.
Naturalmente, Seth Sobo sabía todo esto. No se habla equivocado, su propuesta era del todo intencionada, pero al ver la dramática reacción de Joyce, pensó que quizá sería mejor que el muchacho se diera cuenta de las cosas por sí solo, y no tan deprisa. Él~llevaba muchas horas meditando sobre este asunto, y habla llegado a una conclusión que creía
verdadera, y a partir de ella habla tomado sus decisiones. Pero Joyce no. Estaba ah cumpliendo una misión. Tenía un esquema formado en el que tras descubrir y conquistar enormes riquezas para la raza humana, regresaría triunfante a La Tierra para recibir los honores. Era una cosa natural y lógica, ya que todavía tenia un gran futuro por delante. Imposible pensar en un tranquilo retiro en una playa paradisíaca a los veintisiete años de edad.
11.
Durante las siguientes semanas descendieron alternativamente a Planeta Nuevo, ai lugar donde se encontraban Leim y Moiret. Los observaron, les hablaron y los tocaron, y nada en ellos cambiaba. Un día los aturdieron y los subieron a la nave espacial, con el fin de analizar su sangre. Cuando despertaron y vieron que estaban fuera del que ya era su ambiente (el bosque>, se desesperaron de tal manera, suplicando con esperpénticos gestos y llorosas miradas que les devolvieran a su sitio, que antes de que involuntariamente pudieran causar más destrozos en la nave, hubo que desistir de querer saber más de la actual química de sus cuernos. Habría que contentarse con las muestras de sangre que dió tiempo a extraerles mientras estuvieron inconscientes. Seth Sobo opinaba que no se podía estar aturdiéndoles cada veinte minutos, y que tenían que dejarlos en paz. Así que como pudieron, los montaron en la cápsula y Joyce los dejó en el mismo bosque que hablan habitado en los últimos días. No habla nada que hacer, se convirtieron en otra cosa que no hombres.
A partir de la observación, especulaban sobre lo que les. estabá pasando a Leim y a Moiret. Pensaron que el hecho de que ellos no sintieran la música cuando estaban cerca de los dos hombres, a pesar de que sus compañeros tuvieran el aspecto de estar oyendo frutas permanentemente, se debía a la circunstancia de que las hablan ingerido. Seguramente, en el interior de las mentes de Leim y Moiret1 la música sonaba constantemente, sin dar lugar a otro tipo de pensamientos. Pero la verdad es que si era así, no parecía molestarles en absoluto, sino al contrario. Daban la impresión de estar muy bien; como contentos.
Beth Sobo decía que pudiera ser que las mentes de los dos hombres no produjeran tan sólo música, que también pudieran percibir luces y colores que o no existían en otra parte que en el interior de sus cabezas, o que alguien normal no podía sentir. En sus reflexiones, argumentaba que cuando estuvieton expuestos todos a alguna fruta, no habla indicios de que hubiesen escuchado exactamente la misma música. Nad¡e la habla transcrito, y no pudieron grabarla para confirmar tal hipótesis. En su forma, las melodías escuchadas podian ser iguales para todos, pero en el detalle habría pequeñas diferencias, debidas a ia idiosincrasia de los distintos caracteres de cada uno de ellos. Beth Sobo aún iba más lejos diciendo que podría ser posible que en otras inteligencias, únicamente de animales, el resultado de estar expuestos a las frutas, en vez de crear música, podría crear otro tipo de expresiones:
imágenes, luces y colores...
-U otra clase de lenguaje musical -intercedió Joyce.
-Estoy convencido que el único lenguaje musical posible es el que ya conocemos. Digamos que se trata de un idioma universal, la lengua de Dios, quizá.
-No necesariamente. No olvidemos que ¡a música no la olmos realmente, sino que somos nosotros quienes la "imaginamos". A lo largo de nuestras vidas hemos escuchado mucha música, es posible que la droga de las frutas arranque de nuestros subconscientes la capacidad de imaginar melodías y ritmos. Además, usted mismo dice que la música puede ser diferente en cada uno de nosotros.
-Yo no he dicho exactamente esto -dijo Beth Sobo-. Lo que quería decir, es que las posibles pequeñas d¡ferencias de matices a la hora de escuchar una misma fruta, es debido a que, por decirlo de alguna manera, la interpretación de la obra no se efectúa con un sólo instrumento o una sóla orquesta, que sería un único cerebro; sino que pasa por cada uno de
los cerebros presentes, utilizados por Dios como aparatos de reproducción de su ábra. Eso si, de forma simultánea y con el mismo mensaje y la misma duración para todos. Los cuatro, el día que escuchamos la fruta grande que ejecutaba una sinfonía, olmos truenos, olas del mar, y demás sonidos de la naturaleza. Todos coincidimos en esto.
·Por otra parte, lo que hemos encontrado en este planeta, además de signflicar para mi la pmeba de la existencia de Dios, también es una señal de que quizas somos los únicos seres dotados de capacidad para razonar de todo el universo
-¿Que le hace llegar a esta conclusión?
-La flora de este planeta, al igual que la de La Tierra, es mucho más antigua que el hombre. En su momento, la raza humana descubrió (no invento> la música en la misma forma y estructura armónica que aqul crece en los árboles, y ahora llegamos nosotros y nos damos cuenta de ello. No creo que inventáramos la música por casual¡dad; ya existía, y ahora lo estamos comprobando reuniendonos con ella. Nosotros, los hombres, seres potencialmente capaces de entender de lo que se trata. En un planeta la inteligencia..., en otro los colores..., en una estrella ¡a luz..., y en este sitio, la música. Así es el universo.
Con estas pláticas, Beth Sobo, intentaba que el joven Joyce viera lo que él creía que era la verdad. Pero Joyce tenia sus propias ideas respecto a lo que les estaba sucediendo. Por lo que le oyó decir a Morley Beth Sobo, no lo creia ni más loco ni más cuerdo que él, simplemente tomaba sus palabras como el particular punto de vista de un hombre con una conocida base filosófica. Y aunque él no compartía del todo las ideas de su superior, las respetaba.
No fue por la pretendida influencia de Beth Sobo que Joyce se estaba revelando en una transformación, sino bajo su propio criterio. Llevaba más de tres semanas observando a Leim y a Moiret y esperando algún cambio o mejora en su estado, pero esto no ocurría. Había días que se pasaba toda la jornada junto a ellos, estudiando su comportamiento, y comprobó que únicamente se alimentaban de frutas, pero que no siempre comian. A veces se pasaban casi dos días sin ingerir ningún alimento, y no por ello cambiaba en absoluto su comportamiento. Tal cosa le hizo pensar que quizá el mal de aquellos dos hombres era irreversible, que quizá con la ingestión de una sóla fruta era suficiente para alcanzar aquel estado mental. Estas ideas le condujeron a otras: ¿cuales podrían ser las consecuencias de regresar a La Tierra y dar las coordenadas de Planeta Nuevo?. Si dos personas del rango de Leim y Moiret hablan sucumbido tan rápidamente a aquellas frutas, ¿qué podría pasar con la población media del sistema solar?. Claro que en un principio serían las autoridades quienes controlasen estas frutas, y se les supone responsabilidad y saber hacer hacia los demás. Pero ¿no era Mo¡ret un personaje de alto nivel, y lo primero~en que pensó fue en comercializar los frutos?. ¿Y. el capitán?. Aún intuyendo que podian ser peligrosos siguió consumiendolos, hasta el final. Jon Joyce pensó que La Tierra nunca debería conocer el paradero de Planeta Nuevo.
La nave espacial Highlife posela un complejo ordenador, imprescindible para la navegación. Registraba automáticamente todos los datos que recogía por iniciativa propia, y su sistema de seguridad estaba configurado de tal manera que resultaba imposible acceder a su base de datos con intención de modificar o destruir información. La legislación de La Tierra consideraba que tanto la nave, como el ordenador, como la información que se recogia, eran propiedad exclusiva del estado. Por lo tanto, y con el fin de salvaguardar estas premisas, el ordenador de la nave estaba diseñado para qtie nadie manipulara su memoria. Si se intentaba, se bloqueaban todos los sistemas, y sin los cálculos que sólo podía realizar el ordenador, no se podía manejar la nave. O sea, que la única manera de mantener el asunto de Planeta Nuevo en secreto, era no entregando la nave a La Tierra, y la alternativa de vagar indefinidamente por el espacio no le gustaba demasiado a Joyce.
Tras vados dias de darle vueltas a todo esto, se plantó delante de Beth Sobo y le dijo:
-Creo que lo mejor es que nos quedemos en este planeta. Si usted lo desea, podemos bajar la nave a tierra.
12.
Invirtieron cerca de dos días en encontrar un lugar adecuado y. posar la nave en él. El sitio debía estar cerca de un caudal de agua, lo suficientemente lejos de bosques y selvas, que el terreno fuera lo más llano y amplio posible para bien acomodar la enorme Highl¡fe, y procurar que estuviera cerca del ecuador, para que las condiciones climáticas fueran propicias la mayor parte del tiempo. Aunque esto último fue más casualidad que otra cosa, porque no conocían nada de la traslación de Planeta Nuevo, ni sabían si tenía estaciones, y sobre todo porque fue coincidencia que el bosque en el que vivían Leim y Moiret, se encontraba situado en los trópicos. Creyeron conveniente, por razones humanitañas, permanecer no demasiado lejos de ellos.
Todos estos criterios eran importantes, ya que se trataba de elegir el lugar de residencia para toda la vida.
Total, que situaron la nave en una bonita pradera, a unos tres kilómetros al este del bosque donde estaban Le¡m y Moiret. A este bosque lo llamaron Bosque Leimoiret, en honor de sus amigos. Así que su nueva dirección era: Nave Highlife, La Pradera, Bosque Leimoiret, Continente Sur, Planeta Nuevo.
A Beth Sobo se le vela feliz en su nueva situación, en camb¡o, Joyce no estaba en sus trece. De acuerdo, habla salvado a la raza humana de una mortífera plaga, pero ahora se preguntaba si el papel de héroe era para él. Al fin y al cabo, llego a esta decisión por unas ideas de las que nunca podría estar seguro que fuesen acertadas. Pero el precio que iba a pagar si que era seguro. Nada de sexo, se acabó la comunicación con otros seres humanos, a parte de Beth Sobo; ya no tenía objetivos que plantearse y cumplir. Su prometedora carrera había acabado, sólo le quedaba tiempo para no hacer nada, ya que ni siquiera tenía el consuelo de crear una nueva civilización de pioneros en un planeta virgen. Ni él ni Beth Sobo iban a ser mamás de nadie.
Joyce, Joyce..., que un día se darla cuenta de cual fue la verdadera razón por la que se convenció a si mismo de quedarse en aquel solitario y remoto planeta: No querer enfrentarse con las abrumadoras convicciones de Beth Sobo.
"Salvar La Tierra..."
13.
Los años se iban sucediendo pero apenas si lo apreciaban. Los cambios de temperatura eran mínimos, vivían siempre en un cálido verano. Ninguno de los dos se preocupó en determinar un calendario, ni tampoco en saber cuantos días duraba el año de Planeta Nuevo. ¿Para qué?. El único que contaba los días, pero a su manera, era Beth Sobo, ya que cogió la costumbre de cada veintiocho días romper una fruta y escuchada, a modo de ritual. Decía que era una forma de estar en contacto con Dios. Después de cada "misa", siempre empezaba una cuenta nueva de días, por lo que sus cálculos del tiempo sólo servían
para lo que quena él que sirviesen. Estos actos no le perjudicaban la salud, pues IBeth Sobo tenia la suficiente fuerza de voluntad para aguantar el mono de ias frutas, que duraba sólo un par de días y no era demasiado fuerte.
Sin proponerselo, aprendieron cosas de los animales de los alrededores: Vieron que únicamente se alimentaban de vegetales, esencialmente de frutas, aunque también se les vela comer hierba. Eran muy pacificos, no habla ninguna especie agresiva, ni siquiera los que tenian peor aspecto, pues por él, alguno de ellos hubiese asustado al más valiente. Convivían en paz, y por encontrar algún carácter que sirva de referencia, todos, salvo en el aspecto1 parecian delfines. Seth Sobo decía que aquellos animales eran los seres más felices del universo, ya que gracias a su dieta, recibían permanente comunicación de Dios.
El gato que el capitán Leim subió a bordo en su día, se divertía jugando con la fauna de Planeta Nuevo, pero sólo cuando alguno de sus especímenes se acercaba a la nave. Y es que Marsus, desde una vez que siguió a lo que parecía una ardilla al interior del bosque, ya nunca se alejaba más de diez o quince metros de la nave. No le debió gustar el ambiente de allí, pues regreso visiblemente asustado y tardó dos "misas" de Beth Sobo en salir otra vez a la pradera.
Fue por él que pensaron en comer animales locales. Un día lo vieron comerse algo del tamaño de una paloma, y tras ello, no apreciaron ningún cambio en el comportamiento de Marsus. Claro, que tampoco sabían de que manera podian llegar a volverse locos los gatos. Sea por lo que fuere, se animaron a analizar uno de aquellos bichos, para estar seguros de por lo menos no envenenarse. Y así como en las sangres de Leim y Moiret, de el día que los subieron a la nave Highlife cuando todavía estaba en orbita, no apareció nada extraño, tampoco apareció ahora en ¡a de los animales. Por lo tanto empezaron a comerlos, y no les ocurrió nada malo.
A medida que transcurría el tiempo, las relaciones entre los dos se iban deteriorando. Hablaban poquisimo entre ellos. A veces pasaban largos períodos, que de haberlos contado representarían meses, en los que no se decían absolutamente nada. Los diálogos mínimos del tipo de "buenos días", o, "parece que va a llover", se fueron suprimiendo. Cada uno iba por su lado con sus pensamientos.
En ocasiones
, se acercaban al bosque Leimoiret para visitar a sus antiguos compañeros. No siempre los encontraban, pero cuando lo hacían, apenas si se les distinguía uno del otro, pues como Leim y Moiret eran los dos aproximadamente de la misma edad y de parecida constitución fisica, con las barbas y el pelo que casi les ocultaba el rostro, y sucios como iban, era fácil confundirlos. Después que Joyce y Beth Sobo verificaban que aquellos hombres se encontraban bien, regresaban a la pradera.
En efecto, tanto Leim como Moiret parecían encontrarse en buen estado de salud. Habían perdido el juicio, ya no eran hombres (?), pero su estado de ánimo era excelente, se les veía felices. A parte de más pelo y más suciedad, por lo demás, estaban igual que el primer día que empezaron a ser otros. Por el contrario, Joyce y Beth Sobo, que eran conscientes de todo lo que les ocurría, si que habían cambiado. Su aspecto físico no se diferenciaba demasiado del de sus descerebrados compañeros, a pesar de que durante los primeros años intentaron mantener una correcta y civilizada imagen. Pero a causa de su menguante estado de ánimo (sobre todo por parte de Joyce>, llegaron a desinteresarse totalmente por su higiene personal.
Jon Joyce, era de los cuatro, el que más sufría. Paul Leim y Jean Moiret parecían ni enterarse de como se habían quedado. Moriey Beth Sobo vivía por y para Dios. Pero Joyce, por desgracia, era muy consciente de su situación, y a diferencia de Beth Sobo, no tenía ninguna "aficiónTM a la que dedicarse. En un principio, apreciaba y convertía en espectáculo las cosas senéillas que le rodeaban. En determinadas épocas, la pradera adquiría unos hermosos tonos dorados, y durante dias, Joyce, se dedicaba a mirar el paisaje, disfrutando sólo con eso. Descubrió algunos rincones que convirtió en sus santuarios. En particular una pequeña cascada de agua, que habla llegado a erosionar la roca en una curiosa forma espiral. Según en que lugar se sentara, el sol, a través de las gotas de agua, formaba
diminutos arco ¡riS que a Joyce le gustaba mirar. Pero poco a poco, todo esto, de llegarle a ser indiferente, pasó incluso a crearle efectos negativos. No habla nada que le deprimiera más que el crepúsculo. No soportaba la visión de las nubes escarlatas en el cielo violáceo del anochecer. En su ya deteriorada mente, aquello era un signo apocaliptico que sólo le causaba pánico. Similares efectos le sobrevenían al estar en el que fue su. rincón preferido, donde oír únicamente el monótono fluir del agua, mientras podia ver plantas y animales que se movían a cientos de metros de distancia, le recordaba cuan solo estaba.
14
Una vez, en el tiempo que tardó la pradera en pasar del dorado al verde y de nuevo al dorado, se murieron el gato y Beth Sobo; los dos de vejez. Primero fue el animal, que por sugerimiento de Beth Sobo, enterraron acompañado de una modesta ceremonia dirigida por él mismo. Al poco, imposible determinar cuanto, murió Morley Beth Sobo, pero no tuvo entierro. Joyce arrastró el cadáver durante varias horas, a más de dos kilómetros de la nave, y lo dejó tirado en el suelo boca arriba. Regresó a la Highlife, pensando en que debía acordarse de donde había dejado el fiambre para no tropezarse con él por casualidad.
Cuando esto sucedió, Joyce, era ya un hombre en toda su madurez fisica; rondaría los cuarenta y pico de años. Pero si conseguía hilvanar algún pensamiento con cierta lógica, cosa poco frecuente, se imaginaba también cerca su fin.
No enseguida, pero tras poco tiempo, notó que la desaparición de los dos seres que habían sido sus compañeros a lo largo de todos estos años le estaba afectando. En su momento no alcanzó a predecir que esto le podría suceder. Ahora, además de sentirse solo, lo estaba de verdad.
Al primero que echó en falta fue al gato Marsus, porque era con él con quien descargaba sus sentimientos más íntimos. Marsus no hablaba, así que por muy neurótico y depresivo que estuviera Joyce, nada que proviniera del gato le podía afectar. Joyce si que le hablaba a Marsus, pero como el animal no entendía ni hacía ningún caso, o por lo menos esta era la impresión que daba, tampoco se inmutaba por lo que oía. De esta manera los dos se llevaban bien, y como en su relación no había nada abstracto que digerir, Joyce, que se había vuelto un holgazán, tanto física como mentalmente, preferia la compañía del gato a la de IBeth Sobo que si que le podía complicar la vida con cualquier frase, o simplemente con una mirada.
Eso era mientras los tres cohabitaban, porque no tardó en añorar también al viejo Morley. En vida llegó a aborrecerlo y a despreciarlo. Se excitaba hasta la exasperación cuando lo veía realizar sus absurdas "misasTM con las frutas. En los últimos tiempos, la sola visión del anciano, por muy lejos que estuviera, despertaba en él salvajes instintos que le costaba mucho esfuerzo reprimir. Alguien tenía que ser el culpable de su situación, y a falta de otro era Beth Sobo quien estaba pagando. Pero ahora comprendía que por lo menos eso le hacia sentir vivo como ser humano. Echaba de menos irritarse.
Se hundió. Y desesperadamente, a modo de agarradera, emprendió unas actividades que él creía le ayudarían a liberarse de la angustia que lo. dominaba. Decidió ir al bosque y buscar a Leim y a Moiret, con la intención de hacer algo por ellos (idea abandonada desde hacía muchos años por considerarla totalmente infructuosa). Se empeñó en encontrarlos durante días, adentrándose en el bosque. Su estado maníaco, sumado a los efectos de exponerse a multitud de frutas, y agravado por toda clase de ánimales que se cruzaban constantemente en su camino, hacían que a menudo se perdiese entre los árboles y la maleza, aumentando su frenesí para encontrar lo que estaba buscando, que, al llegar a este punto, olvidaba que era. Pero seguía y seguía, hasta que el azar lo sacaba del bosque.
Al fin encontró algo, pero ello empeoró las cosas. Eran los restos mortales de uno de sus compañeros. Carne podrida y huesos mohosos con los que era imposible identificar de
cual de ellos se trataba- A pesar del vertiginoso proceso de pensamientos que ocupaban su cabeza, en un flash, cazó uno que le dictaba que debía enterrar aquello. Escarbó un hoyo en el suelo del bosque con sus propias manos, y por piezas, depositó en él los restos de Leim, o de Moiret. Después, y de nuevo gracias al azar, escapó del bosque.
Joyce llegó a comprender que buscar al otro de sus compañeros podria dar los mismos resultados, por lo que concluyó que estaba completamente solo en este planeta.
Semejante conocimiento le perturbé aún más, y movido por una idea fija (librarse de un sentimiento de culpabilidad que ahora lo poseía>, cam¡nó hasta el lugar donde tiempo atrás abandonara el cadáver de Beth Sobo. Alfl estaba, donde lo dejó y como lo dejó, comenzando a pudrirse. También con las manos, pues no atiné a traerse instrumentos, cavé un hoyo. Los movimientos frenéticos con ¡os que realizaba la operación, la dureza de aquel suelo, y el rato que invirtió, le arrancaron casi todas las uñas y grandes trozos de piel de las manos. Soportando el dolor introdujo con innecesario cuidado el cuerno de Beth Sobo en la tumba. La tapé, y con piedras formó una cruz encima de ella.
¡Cuanto amor sentía por el viejo Morleyl.
Mientras vagaba por la pradera con la única compañía de su atormentada psique, ya que lo que circulaba por su cabeza no se podía calificar de razón; determiné que podría reconciliarse del todo con Beth Sobo continuando con su obra: lo de las "misas". Así que aquella misma tarde, ¡mpulsivamente, se acercó a la orilla del bosque a recoger un par de frutas. Se fue con ellas al lugar donde cada veintiocho días Morley Beth Sobo celebraba sus ceremonias, y mirando al cielo con una fruta entre las manos, en una triste caricatura de lo que pretendía ser una actitud solemne, partió el fruto. Y su angustia desapareció.
No supo con exacthud cuanto tiempo estuvo escuchando música, pero si que ahora, mientras contemplaba los restos de la fruta, notaba menos confusión en sus pensamientos, como si aquel fruto hubiese hecho las veces de una medicina.
En su repentina lucidez, un pensamiento le hizo esbozar una amarga sonrisa:
-Todos estos años evitando las frutas con el fin de mantener la razón, y he llegado a perderla casi del todo de forma natural. Y ahora, gracias a una de ellas, logro coordinar de nuevo mis pensamientos.
Sí, aclaré sus ideas, pero no se libré del dolor; ni del de las manos ni del de el alma. Sólo mientras estuvo bajo el efecto de la fruta alcanzó la paz.
15.
La nave espacial Highlife era una casa de ciento cincuenta metros de ¡argo, por sesenta y cinco de ancho, y una media de veinte de alto, ya que tenía forma de cuna. Estando ah parada, podía abastecer de energía para satisfacer las necesidades domésticas de cuatro personas durante más de doscientos años. También había un botiquín, y allí estaba Joyce curándose las manos.
Muchas veces, desde que se establecieron en Planeta Nuevo, habla pensado Joyce en acabar con sus días, pero nunca lo habla ni siquiera intentado. Aprovechando su renovada capacidad para razonar, especulé de nuevo con esta idea al imaginarse cual sería el futuro que le esperaba: Vivir torturado por sus pensamientos mientras se volvía loco, o exponerse a la química de los frutos de aquel mundo para aliviarse. Aunque aliviarse sólo mientras durase el efecto de la fruta escogida, porque su reciente experiencia le habla demostrado que después de la música la angustia persistía. Lo que aún era peor, ya que si angustia con locura era grave, angustia con cordura era terrlble.
Se escuchó la fruta que le quedaba antes de disponerse a dormir. De cotidiano dormia poco y mal, pero es que esa noche no aguantó ni veinte minutos tumbado. Salió de la nave y caminó en la oscuridad los tres kilómetros que le separaban del bosque Leimoiret. Pasó el resto de la noche recogiendo, partiendo y escuchando frutos, sin parar.
Ya de dia, y en el breve intervalo de tiempo en que ¡e afloraba lá conciencia, entre el fin de los efectos de una fruta y los minutos que tardaba en recoger otra, consiguió1 aún teniendo ya un fruto entre las manos, pararse a reflexionar.
-iDios mio! -se dij~, ¿es esta la alternativa que me queda para soportar el resto de mis días?.
Decidió que debía llevar a cabo el plan que para si mismo había tejido la noche anterior, antes de sucumbir a la orgia de música e inconsciencia. Pero Joyce ya no poseía el valor de cuando era joven. No se vela capaz de poner fin a su vida. Entonces fue cuando se le ocurrió la idea, y a eso si que se atrevería.
Tenía miedo ala muerte, pero al mismo tiempo deseaba terminar con aquella dolorosa existencia.
Basándose en lo que recordaba de Leím y Moiret, de lo que pudo observar en ellos cuando vivían en el bosque, creyó que, si ingería una fruta, lavaría su mente, dejándola en blanco quizas, pero sin dejar de existir. Y en este estado, esperaría la muerte, delegando la llegada de su hora al desUno.
Joyce se tomó el asunto como si se tratara de la verdadera muerte, pero con la certeza de que tendría un más allá, desconocido también, aunque no eterno. Y como todos los suicidas, momentos antes de su autoejecución, se encontraba animado. Hizo un rápido balance de su vida, juzgando bajo su propio criterio lo que estuvo b¡en y lo que estuvo mal, y calificó de acto heroico, digno de un santo, el haberse quedado en aquel planeta para evitar coñsecuencias catastróficas a la raza humana. Rebosaba de alegría!
-Si. Ha valido la pena Áue lo último que se dijo antes de pegarle un gran bocado a una fruta.
l6.
Las gotas de agua, los cristales, el viento y las olas del mar se ¡nstalaron en su mente. Los demás sonidos desaparecieron en un segundo, como aspirados por un torbellino. La luz cambió, porque ya no sólo venía de un sitio, sino que todas las cosas eran fuentes de luz. El suelo, los árboles, los animales y los insectos emanaban luz propia, sin por ello perder o variar sus colores. Fijándose en un insecto parecido a una libélula, se podñan hasta contar las veces que movía las alas, porque todo se había ralentizado cientos de veces. El bosque era un paisaje estático, con animales y pájaros suspendidos en el aire, sorprendidos en plena acción de saltar o volar. Pero a través de las ramas de los árboles, en el cielo, las nubes se movían a increible velocidad. Parecían existir dos continuos de tiempo: la tierra y el cielo. Las melodías que sin pausa se sucedían una tras otra, parecían condicionar una realidad elástica, sometida a los caprichos de un adaggio o de un crescendo, porque de nuevo el movimiento de las alas de la libélula se hizo imperceptible, y esta se alejó recorriendo díez metros en un segundo. Las cosas mantenían su luz propia, pero se intensificaba o atenuaba según la música del momento, lo Onioo y omnipresente, que ocupaba todQ el consciente y subconsciente de Joyce, permiuéndole ser observador pero impidiéndole asimilar nada de lo que veía. La música borró su memoria y eliminó su curios¡dad, pero salió ganando, porque con lo que ahora tenía no,había necesidad de~hacerse ninguna pregunta. Cada minuto, cada día, cada año, valores todos iguales para Joyce, le hacían más feliz.
Sobrevivió así diecisiete años más.
EPÍLOGO
Trescientos años después de que se diera por desaparecida la nave espacial Highlife cQn todos sus tripulantes, otra nave de exploración dió con Planeta Nuevo, bautizado luego oficialmente como MH-21 (Mundo Habitable 21).
Descubrieron los frutos y sus propiedades, y se inició un transporte sistemático a La Tierra.
Ochenta ~voluntarios' se volvieron locos con los experimentos. Dejaron de suministrarles frutas y se les mantuvo a base de calmantes el resto de sus días. A pesar de todo se comercializaron las frutas, pero con el aviso de que era pel¡groso ¡ngerirlas.
En dos meses veinte mil millones de personas perdieron la razón; más de la mitad de la población humana. Los que no comieron las frutas pero llegaron a escucharlas, se hicieron adictos a ellas. Al año de su comercialización, el gobierno de La Tierra prohibió el consumo de frutas, pero siguieron vendiéndose de forma ¡legal. Surgieron traficantes que a pesar de todos los controles de aduanas conseguian abastecer a todo el sistema solar. Nunca se pudo detener este tráfico ilegal.
El comercio, la industria, la ciencia, el estado de bienestar..., el nivel de vida en el sistema solar tardó quinientos años en recuperarse. Las frutas, ilegalmente, se seguían consumiendo.

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